Peligroso mesianismo  

        Enamorarse de los líderes es peligroso para la Democracia. En programas de radio y tv y en conferencias, he usado un par de imágenes beisboleras para intentar explicar la coyuntura venezolana, sobre todo porque me preocupa que la gente esté buscando salvadores de la patria, mesías, un hombre providencial y, por otra parte, no entendamos que hemos obtenido un clamoroso triunfo electoral, pero la lucha sigue, el mandado no está hecho.

          La primera imagen es una frase de Billy Martin, antiguo manager de los Yanquis de Nueva York y miembro del Salón de la Fama del béisbol. Dice: “No hay que cambiarle la cara al equipo ganador”. Es decir que si ganas con una alineación, con una manera de hacer las cosas, no debes cambiarla. Entonces, la oposición ganó por su perseverancia en rechazar la violencia e insistir en la línea pacífica y electoral; y por preservar la unidad de la oposición, el liderazgo colectivo, como instrumento de lucha y cambio.

          La otra frase es de Yogi Berra, también ex manager de los Yanquis y miembro del Salón de la Fama:“El juego no se acaba hasta que se termina”. O sea que desde el 6 de diciembre estamos ganando pero el juego no ha terminado. Nos quedan meses de sufrimiento (y si no hacemos las cosas bien años), porque estamos lidiando con un enemigo represivo, fanático, incompetente y sin escrúpulos, el castrochavismo.

          Por eso estamos obligados a ser pacientes, prudentes y tolerantes, no caer en provocaciones y estar abiertos a los acuerdos para salvar la Democracia. Apoyarnos en el pueblo y los aliados internacionales, que saben que nosotros ni lastimamos la unidad ni nos apartamos de los métodos democráticos.

          El líder de la oposición es su UNIDAD. No un hombre en particular sino muchos, al menos miles en todo el país. No creemos en superhombres salvadores, porque estos después se convierten en caudillos, pasan a ser autoritarios y continuistas en el mando y, por último, tratan de convertir al pueblo en sumiso y dependiente.

          ¡Moscas con el mesianismo!

 

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